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Colaboración Anónima: Diario de un tragón


-Hola! Me llamo Paco y soy un tragón.

-Bienvenido Paco, dijeron el resto de los asistentes a la terapia de tragones anónimos.

¿Cómo he llegado hasta aquí?¿Por qué tortuoso camino de pasteles, chocolates, rodaballos, patas de cordero, codillos deliciosos, patatas fritas, asadas o a la crema, callos, croquetas…(basta, basta, que me desmayo) ..me he perdido? Como el Dante en La Divina Comedia, a la mitad de mi vida me encontraba perdido en medio de un sueño de comilonas.

Mi IMC parecía haber cobrado vida propia y haberse aliado con mi suegra para hacer de mis momentos de descanso una amargura. Las cinturas de mis pantalones se habían convertido en un nuevo estrangulador de Boston, haciéndome sacar tres palmos de lengua cada vez que me ponía un pantalón. Pensé en presentarme a las pruebas olímpicas de velocidad en el incremento de tallas. En casa, mis hijos para facilitarme la vida, pintaron en el pasillo un carril de “Sólo Paco”.

Y bueno, si yo disfrutaba atracándome ¿por qué parar? ¿A quién hacía daño? Y así seguía hasta que un día, caminando rumboso por la calle, causé un trágico accidente. Llevaba mi chaqueta abotonada, algo ceñida dirían algunos, cuando un botón salió despedido como de Cabo Cañaveral hiriendo a una pobre anciana que tuvo la desgracia de cruzarse en mi camino. Restañé su herida como pude y me escabullí vergonzosamente, lo confieso.

Ese día me puse a reflexionar sobre como aunar mi deseo de satisfacción golosa con volver a unas dimensiones menos atentatorias a la seguridad pública. Empecé a buscar dietas milagrosas , supermilagrosas y esquizofrénicas.

Intenté superar las tentaciones y la llamada de la nevera, atándome como Ulises a una silla de la cocina, mientras mi mujer dejaba la puerta de la despensa abierta durante media hora. La llamada de aquellos patés, aquellos quesos, la fabada de la víspera, esa botella abandonada de Rioja, aquellas almendritas, me envíaban con su aroma y atractivo sueños de opio y de loto y…me destrozaron los nervios. Extenuado, me llevaron al dormitorio mediante los servicios de un transportista pirata contratado a los efectos a la puerta de unos grandes almacenes.

Ingresé en una comuna practicante del Tantra, donde nos concentrábamos en una hoja de lechuga, sintiendo el trasvase de energía de la clorofila mientras cantábamos himnos. Tuve que dejarlo porque empecé a ponerme verde y a criar hongos.

Fuí a una asociación de adelgazantes que seguían el método de La Naranja Mecánica: en una gran sala desnuda de todo mobiliario y con una gran pantalla donde se proyectaban filmes como la Grande Bouffe, El festín de Babette, Ratatouille, Vida y Obra de san Ferrán, y otras de ese tenor, mientras los asistentes desnudos de cintura para arriba babeábamos y nos azotábamos. Lo dejé porque noté que los que estaban a mi lado disfrutaban más azotándome a mí que pegándose a ellos mismos.

La dieta del zoológico tampoco me gustó. Situados junto al foso de los cocodrilos había que atravesarlo a nado para llegar a un opíparo banquete situado al otro lado. Me escaqueé antes de que llegara mi turno, después de haber perdido a dos compañeros en el intento y darme cuenta de que el régimen de los cocodrilos se basaba en el mismo juego a la inversa, como si fuera el espejo de Alicia.

Las pesadillas de mis noches, que más bien eran “ligerillas” por la brevedad del condumio nocturno, se transformaban en orgías llenas de dátiles con beicon, cigalas a la gallega, magret de pato acompañado de un gratén del Delfinado, mantecosos foies, suaves tortas del Casar…y esas hermosas Aldonzas, con sus cántaros de la Ribera del Duero, frescas malvasías de Lanzarote, vinos rancios de Alicante…¡ah, no, no puedo seguir, no!…- Paco se interrumpe, la voz quebrada, mientras un par de gruesas lágrimas labran sus mejillas tornasoladas -…Sólo deciros que el despertar era una nueva expulsión del paraíso: ahí estaban Gabriel, Rafael y Miguel, como si fueran el Trío Dinámico en versión celestial, Martín a media capa, el caballero Jorge con espada y sin libro, y todos los pisatragones que en el mundo han sido, bailando sobre mi panza, aplastando a este humilde tragón que hoy os habla.

Y así podría hablar de un sinfín de intentos. Pero para acortar una larga historia, un buen día mientras engullía la magra pitanza que me ponían en casa, descubrí que si comía despacio, haciendo durar los bocados, les sacaba más gusto y me sentía más lleno con lo poco que me daban. Empecé a prestar atención a lo que comía y a cuanto me duraba: una forma de distraer mi apetito, al tiempo que intentaba superar mi tiempo record en comer un plato de acelgas salteadas. ¿Habéis reparado en el juego que pueden dar unas acelgas salteaditas sin sal?

Me dí cuenta de que los vegetales conservaban prácticamente todo su sabor desde el principio hasta el final, pero que la carne, como no fuera excepcional, se transformaba rápidamente en una masa insulsa como la suela del zapato de Chaplin, en la Quimera del Oro.

Y así, poco a poco, fuí transformando mi ansia engullidora, en un deseo de disfrutar más prolongadamente el saborear los manjares a mi alcance. Selecciono mucho lo que como y, cuando lo como, lo mastico a conciencia. Como si me presentara a unas oposiciones. Le estoy ganando la batalla al pantalón asesino y estoy dejando de chupar esas malditas pastillas para las gastritis y los ardores de estómago que me asediaban.

En fin, he llegado hasta aquí porque no me avergüenzo de lo que fuí, ni me vanaglorio de lo que soy, pero compartiendo mi experiencia con vosotros me siento menos solo.

Fin

Anonimo

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